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venerdì 20 gennaio 2012

Ratgeb Raoul Vaneigem BANALITA' DI BASE (Salamandrina edizioni)


Ratgeb Raoul Vaneigem
BANALITA' DI BASE
40 pagine - 2,00 euro - formato A5

"Noi rifiutiamo contemporaneamente la concentra-zione di un potere e il diritto di rappresentare, consapevoli di prendere da tale istante il solo atteggiamento pubblico (poichè non possiamo evitare di farci conoscere, fino a un certo punto, nei modi spettacolari) che possa dare a coloro che si scoprono sulle nostre posizioni teoriche e pratiche il potere rivoluzionario, il potere senza mediazione, il potere che contiene in sè l'azione diretta di tutti. L'immagine-guida potrebbe essere la Colonna Durruti che passa di città in villaggio liquidando gli elementi borghesi e lasciando ai lavoratori la cura di organizzarsi"


--scarica
http://www.ecn.org/peperonenero/saledit/Banalita.pdf


--SALAMANDRINA Edizioni
Questa piccola casa editrice, nasce dalla necessità di rompere gli schemi prodotti dall'esistente, cercando così di liberarsi dai limiti dettati dagli innumerevoli compromessi che spesso siamo costretti ad accettare per far sopravvivere i nostri sogni.
Utilizziamo l'autoproduzione, come mezzo per mettere in atto una critica alla società tutta, che prima viene mercificata e subito dopo annientata.

Le nostre pubblicazioni non sono dei veri e propri libri stampati e rilegati in tipografia, ma sono dei semplici opuscoli, impaginati in maniera artigianale e rifiniti allo stesso modo, che però non hanno niente da invidiare alle "grandi edizioni", soprattutto per quanto riguarda il contenuto.
Il nostro principale intento è quello di mettere a disposizione a prezzi modestissimi, vecchi testi spesso introvabili e contributi libertari di varia natura, che rappresentano interessantissimi spunti in questo senso. Naturalmente non abbiamo mai avuto grandi pretese!
Abbiamo cercato di fare le cose nel miglior modo possibile, pubblicando ben undici titoli in meno di quattro anni, quindi non ci possiamo lamentare.

Per contatti e richieste copie:
salamandrina.edizioni@gmail.com
C.P. 35 - 10022 Carmagnola [Torino]

http://www.ecn.org/peperonenero/saledit.htm

martedì 10 gennaio 2012

Bookmark and Share Elogio de la lucha, elogio de la pereza



“La vida pasa”, canción compuesta por Raoul Vaneigem antes de formar parte de la Internacional Situacionista:

--VIDEO
http://www.youtube.com/watch?v=sGVy08T_pOM&feature=player_embedded

--DOWNLOAD
http://www.comunizacion.org/La%20vida%20pasa.avi


Fragmentos del “Elogio de la pereza refinada”, publicado por Vaneigem en 1996:
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“En una sociedad, ay, en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo? ¿No funciona todo para turbar, gracias a las buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo?
Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.
Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia. Son cosas que pasan.
Seguramente hay malicia en hacer lo menos posible para el patrón, en parar de trabajar desde el momento en que vuelve la espalda, en sabotear las cadencias y las máquinas, en practicar el arte de la ausencia justificada. La pereza, en este caso, salvaguarda la salud y presta a la subversión un carácter agradablemente roborativo. Rompe el tedio de la servidumbre, quiebra la palabra de mando, recupera la calderilla de ese tiempo que os arrebata ocho horas de vida y que ningún salario os permitirá recuperar. Dobla, con un ensañamiento salvaje, los minutos robados a la máquina de fichar, cuyo recuento de la jornada aumenta el beneficio del patrón.
El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a amarse!
Qué mejor ocasión que las huelgas para suspender ese tiempo en el que todo el mundo corre para no atraparse jamás, se desloma por ser lo que le repugna y por no ser lo que habría deseado, y cuenta con la jubilación, la enfermedad y la muerte para poner fin a su fatiga.
Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.
La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar.
La inteligencia de uno mismo que la pereza exige no es otra cosa que la inteligencia de los deseos de la que el microcosmos corporal necesita para liberarse del trabajo que le pone trabas desde hace siglos.
Los placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con la que los abordamos.
Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.”

Descargar texto completo del “Elogio de la pereza refinada” (Pdf)
http://www.comunizacion.org/Elogio%20de%20la%20pereza%20refinada%20-%20Raoul%20Vaneigem.pdf

lunedì 2 gennaio 2012

Elogio de la pereza refinada por Raoul Vaneigem


Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.


En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial. Sin embargo y a pesar de la estima de que disfruta, la pereza continúa sufriendo igualmente por la relación de pareja que, en la tonta asimilación de las bestias a lo que los humanos poseen de más despreciable, persiste en reunir a la cigala y la hormiga. Querámoslo o no, la pereza sigue atrapada en la trampa del trabajo que rechaza mientras canta. Cuando se trata de no hacer nada, ¿la primera idea que se nos viene a la cabeza no es que la cosa cae por su propio peso? En una sociedad en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo?. ¿No funciona todo para turbar, gracias a las buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo? Georg Groddeck percibía con justeza en el arte de no hacer nada el signo de una conciencia verdaderamente liberada de las múltiples obligaciones que, desde el nacimiento a la muerte, hacen de la vida una frenética producción de nada. Estamos tan inflados de paradojas que la pereza no es un asunto sobre el que uno pueda extenderse sencillamente, como nos invitaría a hacer la naturaleza si, en efecto, la naturaleza pudiese abordarse sin rodeos.



El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero. La ha revestido con sus falsos pretextos, en el mismo momento en que la altivez de las clases sociales explotadoras identificaba la actividad laboriosa únicamente con la producción manual. ¿Qué eran aquellos poderosos, aquellos soberanos, aquellos aristócratas, aquellos altos dignatarios más que trabajadores intelectuales, trabajadores encargados de hacer trabajar a quienes habían convertido en sus esclavos? . Esa ociosidad de la que los ricos se vanagloriaban y que, secularmente, alimentaba el resentimiento de los oprimidos, se me antoja muy alejada del estado de pereza en lo que éste tiene de idílico. El hermoso apoltronamiento que se conceden los fatuos de nobleza al acecho de las menores carencias, puntillosos con las prelaciones, alerta de unos criados que ocultan bajo la máscara del servilismo su rencor y su desprecio, cuando no se trata de dar a probar previamente los platos sazonados con los maleficios de la envidia y de la venganza… ¡Qué fatiga produce tal pereza! ¡Y qué servidumbre en la satisfacción constante de la complacencia del mando!. ¿Se dirá del déspota que, al menos, se arroga el placer de ser obedecido? ¡Pobre placer es éste que, beneficiándose del displacer de los otros, se engulle con la acidez que suscita! Se convendrá conmigo en que mantenerse de tal suerte por encima de las tareas innobles no es, en modo alguno, reposo y que apenas facilita el feliz estado de no hacer nada. Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se comprometen, aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.

Pase con el descanso nocturno, auténtica prescripción médica para quien se lanza cada día a una carrera contra el reloj. Pero ¿quién osará, en una guerra en la que uno está en todo instante expuesto al fuego intenso de la competencia, levantar la bandera blanca de un momento de ociosidad? Demasiado nos han remachado el desastroso ejemplo de las "delicias de Capua", en las que Aníbal, cediendo no se sabe a qué hechizo de los sentidos, pierde tanto Roma como el beneficio de sus conquistas. Hay que rendirse a la evidencia: en un mundo en el que nada se obtiene sin el trabajo de la fuerza y de la astucia, la pereza es una debilidad, una estupidez, una falta, un error de cálculo. No se accede a ella más que cambiando de universo; es decir, de existencia. Son cosas que pasan.
Un director de banco –me aseguran- se encontró arruinado, abandonado por todos, cubierto de oprobio. Un rinconcito en el campo lo acoge; planta algunas viñas. Un huerto, unos pocos pollos y la amistad de los vecinos cubren sus necesidades. Hace descubrimientos asombrosos: una puesta de sol, el centelleo de la luz en el sotobosque, los olores silvestres, el sabor del pan que él mismo ha amasado y cocido, el canto de las alondras, la turbadora configuración de la orquídea, las ensoñaciones de la tierra a la hora del rocío o de la serena. El hastío de una existencia que había pasado ignorándose le había dado un lugar en el universo. Aún quedaba saber ocuparlo. El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros. Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las delicias de la pereza.

Seguramente hay malicia en hacer lo menos posible para el patrón, en parar de trabajar desde el momento en que vuelve la espalda, en sabotear las cadencias y las máquinas, en practicar el arte de la ausencia justificada. La pereza, en este caso, salvaguarda la salud y presta a la subversión un carácter agradablemente roborativo. Rompe el tedio de la servidumbre, quiebra la palabra de mando, recupera la calderilla de ese tiempo que os arrebata ocho horas de vida y que ningún salario os permitirá recuperar. Dobla, con un ensañamiento salvaje, los minutos robados a la máquina de fichar, cuyo recuento de la jornada aumenta el beneficio del patrón. De acuerdo. Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué placer puede uno obtener sin reservas si implica antes que nada arruinar el placer del otro? ¿Quieres que te obedezcan? Pues nada de eso. Ofrezco una prueba viva hurtándome a tu poder, rompiendo ese poder que te parece, sino eterno, sí al menos adquirido para un largo tiempo. Noble tarea es, sin duda, la subversión del trabajo innoble, pero no te libra de trabajar. Hete aquí, como el amo al acecho del criado que le roba, holgazaneando con el ojo puesto en el amo para robarle mejor. No puede entenderse la pereza de forma tan furtiva. Se necesita desahogo, como en el amor. Quien está pendiente del "¿quién vive?" no vive en absoluto, o lo hace mediocremente. ¡Qué rencor, por otro lado, al no poder arruinar tan retorcidamente como uno desearía el hedonismo de los explotadores, por mediocre que éste sea! ‘Mientras nosotros curramos, ellos se llenan la panza , dice la canción. Pero, de la misma manera que aquellos curas rijosos a los que el viejo anticlericalismo puritano reprochaba el lanzarse a los excesos, ¿no habría sido el hedonismo lo mejor que los explotadores alcanzasen en toda su existencia si el terror a los explotados no los hubiera condenado a secretas y precipitadas compulsiones? El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a
amarse!

Lo que es verdad para el amor es verdad para la pereza y su disfrute. A menudo estamos lejos de la realidad. Un reportaje sobre los campesinos brasileños, privados de la tierra mientras grandes extensiones permanecen baldías en manos de unos propietarios preocupados tan sólo por mantener su propiedad, los exhibía en una larga marcha de la miseria, blandiendo cruces, con curas a la cabeza, pues la Iglesia los provee cotidianamente de un guiso de arroz y judías. En interés de la objetividad mediática, se insertaba, conforme a las leyes del montaje, un banquete en el que los propietarios rurales se servían salchichas y costillas de cordero en abundancia, argumentando sobre su justo derecho y protestando contra los ataques de los que se consideraban víctimas.
Entre la miseria de los notables amedrentados y la compasión por los desposeídos, uno daba en pensar que los primeros no tienen el disfrute de sus tierras porque no poseen más que su propiedad y que los segundos, a quienes correspondería tal disfrute, apenas están en disposición de disfrutar de nada.
La situación es menos arcaica de lo que parece. Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.

La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo escandaloso. Uno de esos ministros cuya máquina administrativa devora millones a la manera de un gigantesco aparato que parasita la producción de bienes prioritarios no tuvo empacho en denunciar, con la aprobación de los gestores de la información, a los beneficiarios de subsidios, a los ferroviarios jubilados, a los usuarios de los servicios de salud, en pocas palabras, a las gentes que obtienen placer de su reposo mientras otros duermen para un patrón cuyo dinero no deja de trabajar. Que se hayan encontrado proletarios –subsidiados en potencia, sin embargo- que consienten en la refundición semántica de las palabras compradas por el poder no es el simple efecto de la imbecilidad gregaria. Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza.


¿Quién, entre los subsidiados, proclamará que descubre en la existencia riquezas que la mayoría busca donde no están? No encuentran placer en no hacer nada, no piensan en inventar, en crear, en soñar, en imaginar. En la mayoría de las ocasiones sienten vergüenza por estar privados de un embrutecimiento asalariado que les privaba de una paz de la que ahora disponen sin osar instalarse en ella. La culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia. Qué mejor ocasión que las huelgas para suspender ese tiempo en el que todo el mundo corre para no atraparse jamás, se desloma por ser lo que le repugna y por no ser lo que habría deseado, y cuenta con la jubilación, la enfermedad y la muerte para poner fin a su fatiga.
Una parada en el trabajo debería propagar la buena conciencia de la pereza, alentar ese saludable reposo que ahorraría no pocos gastos en sanidad. No hace falta más que ponerle un poco de imaginación. Nos cruzamos de brazos, dirían los ferroviarios, instauramos la gratuidad del tiempo y del espacio y, para vuestro esparcimiento, nos relevaremos para hacer que los trenes circulen y permitiros recorrer Francia entera sin ningún desembolso por vuestra parte. ¿Seguirías asistiendo a fábricas y oficinas?. ¡Vosotros sabréis! Tal vez se les ocurriese a algunos que la pereza es más creativa que el trabajo.

¡Pero no! Declarar que la huelga es una fiesta es un insulto para quienes persisten en encontrar dignidad en la esclavitud del trabajo. Es necesario, dentro del orden de cosas que nos gobierna, que la huelga sea una maldición, igual que la pereza. Respiramos con pesar un poco de aire fresco antes de retomar valientemente el camino de la corrupción y de la polución. Bien que nos merecemos la jubilación, suspiran los trabajadores. Pero, conforme a la lógica de la rentabilidad, lo que uno merece ya lo ha pagado no una vez, sino diez. Que no se diga, pues, que la jubilación ofrece al fin un refugio a esa ociosidad que, decididamente, es la cosa peor repartida del mundo. ¿Confundiréis pereza y fatiga? Yo ni siquiera hablo del fin de esa existencia llamada cínicamente activa sobre el cual cuarenta años de desriñone cotidiano continúan imprimiendo su cadencia, mientras la vida se escapa por todos lados y los días se transforman en adelantos en la contabilidad de la muerte.

La pereza en la que desborda de repente toda la carga de los deseos, prohibidos por cuarenta horas semanales de presencia obligatoria en la fábrica o en la oficina, no es más que una gris liberación, la aceleración de un retraso que hay que superar, la compulsión del perro al que repentinamente se le desata la correa. La pereza, en suma, nunca fue en el pasado mejor tratada que la mujer, y sabemos demasiado bien cómo nuestro presente está marcado en sus nueve décimas partes por lo que fue. Cuando el poder del macho veía en la mujer al reposo del trabajador en armas, de cuello blanco o de cuello azul, ¿no es cierto que la identificaba con la ociosidad?. Hablando para no decir nada, atareada para no hacer nada, la mujer derivaba su inferioridad de su ausencia de la economía y estaba excluida de la alquimia lucrativa y saludable reservada a la fuerza viril, con la única excepción del tiempo destinado a la maternidad y a producir hijos para la fábrica y la gloria militar.


Ociosa y vana, a la mujer era imprescindible mantenerla "ocupada", del mismo modo que el trabajo viola a la pereza. Exiliada, como el parado, de la máquina de excretar rentabilidad, no obtenía del ocio más que la sombra de su maldición. Ni derecho ni goce, sólo remordimientos y pecado. ¿Cómo encontrar reposo en una ociosidad que es, en el peor de los casos, una bajeza y, en el mejor, una excusa? Pues si el trabajo se identificaba con la fuerza, la pereza quedaba rebajada a la condición de una debilidad mórbida. Por una inversión de sentido que es propia del viejo mundo, el desriñone laborioso se transformaba en signo de salud, mientras el dulce farniente se revelaba como un síntoma enfermizo. Tal es el peso del ajetreo sobre una vida que en realidad no exigía tanto, que, despojada del frenesí de una acción empeñada en el logro de fines útiles e inútiles, se diría que nada queda en un mundo de repente despoblado. La pereza es una nada; inclinarse sobre ella es contemplar un abismo y el abismo, afirmaba Nietzsche, también mira dentro de ti. Entra, desde luego, en la lógica de las cosas que, después de haber demostrado que la pereza carecía de existencia fuera del trabajo, de la opresión, de la subversión, de la culpabilidad, del desahogo, de la debilidad constitutiva, se llegará a la conclusión de que no era nada.

Albert Cossery hizo una sabrosa descripción de esa nada. En Los haraganes del valle fértil nos introduce furtivamente en una casa de pueblo en la que cada uno de sus habitantes rivaliza en ingenio para dormir el mayor tiempo posible. Hay que desbaratar las conjuras del mundo exterior, valerse de la astucia frente a la perversa atracción que el trabajo ejerce en ocasiones sobre aquellos que han tenido la fortuna de no saber nunca de él. Que la atmósfera no es de júbilo, ni siquiera de entusiasmo, es lo menos que puede decirse. Un sombrío ardor preside la rigurosa disposición del silencio. La angustia merodea entre los ronquidos. Aunque acaso sea menos el producto de una posible ruptura del delicado equilibrio de la nada que de la lasitud de la holganza. Pues aquí la pereza no es más que la vanidad de un dormir sin sueños. Es una venganza contra la vida ausente, un arreglo de cuentas existencial que raposea con la muerte. Se reivindica el derecho a no ser nada en un universo que ya te ha condenado a la nulidad. Es demasiado o no es suficiente. Seguramente puede encontrarse cierto placer en no estar para nadie, en quererse de una absoluta nulidad lucrativa, en dar testimonio de la propia inutilidad social en un mundo en el que se obtiene un resultado idéntico mediante una actividad muy a menudo frenética. Pero eso no impide que el contenido mismo de la pereza deje que desear. Su inconsistencia la predispone a los manejos de quien quiere sacarle partido. Hay tanta pereza como debilidad en dejarse gobernar, señalaba La Bruyère.


Hay en los letárgicos una propensión a preferir la injusticia al desorden. ¿Los cuidados que requieren los privilegios de la somnolencia mental y de la ociosidad no implican acaso una perfecta obediencia al orden de las cosas? Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos. Al paso de una manifestación contra la mafia en Palermo, un joven se indignaba: "¡Están locos! Sin la mafia, ¿quién nos ayudaría?". El integrismo islámico no reacciona de manera distinta. Ser una larva bajo la mirada de Alá y en la miseria del mundo sirve al poder de los negocios. Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas públicas, que tienen como leitmotiv: "¡Dadnos dinero!". El mercantilismo de tipo mafioso en el que se transforma la economía en declive no podría coexistir más que con una ociosidad vaciada de toda significación humana. Pues tal vez sea tiempo de darse cuenta de que la pereza es la peor o la mejor de las cosas dependiendo de que se incluya en un mundo en el que el hombre no es nada o bien en una perspectiva en la que quiere serlo todo. No es poco reconocer que la pereza no ha conocido más que una existencia alienada, envilecida, sometida a intereses sin relación deseable con las esperanzas que habría sido natural poner en ella.

¿Cómo sorprenderse de algo así, si lo mismo ocurre con el ser que se dice a sí mismo humano y pasa lo mejor de su vida demostrando que lo es bien poco? Tal cosa no impide, sin embargo, ni las aspiraciones ni el poder del imaginario por medio del cual la historia no hace más que suplir sus crueles realidades, ni que se bosquejen esos cambios que tantos deseos secretos reclaman. Es entonces cuando la pereza revela su riqueza. ¿Acaso no ha elaborado ella un universo, fundado una civilización? Feliz país el de Jauja5, en el que, sin el menor esfuerzo, los platos más apetitosos adornan las mesas, en el que las bebidas fluyen a raudales en una extravagante diversidad, y en el que, con el favor de una naturaleza ubérrima, los embelesos del amor se ofrecen en el recodo de cualquier bosquecillo. Entre las poblaciones más pacíficas del globo reina una encantadora indolencia. Basta con tender la mano o con abrir la boca para satisfacer las exigencias del gusto o del goce.

En el país de Jauja la abundancia es natural, la bondad nativa, la armonía universal. Nada, desde el mito de la Edad de Oro a Fourier, ha exaltado mejor las ensoñaciones del cuerpo y de la tierra, las sinfonías secretas y jubilosas que componía una razón cuidadosamente prevenida contra la racionalidad del tumulto laborioso, de la miseria activa y del fanatismo competitivo. ¿Es preciso revelar el recuerdo resurgente de una época lejana y anterior a nuestra civilización agraria, que fertiliza la tierra con sudor y sangre antes de esterilizarla para sacarle más dinero? Las cadenas del trabajo y de la competencia guerrera, que marcan el ritmo de la danza macabra de la civilización mercantil, idealizaron sin esfuerzo a las sociedades que se sustraían a tan temibles privilegios. Sin duda, pero la visión idílica responde bastante bien, a juzgar por el estudio de los emplazamientos magadalenianos, a colectividades en las que la recolección de plantas, la pesca y una caza complementaria tejían entre los hombres, las mujeres, los animales, la fecundidad vegetal y la tierra vínculos menos apremiantes, más igualitarios y tranquilizadores que la apropiación agraria, cuya explotación de la naturaleza acarreará la explotación del hombre por el hombre.

Reconozcamos, sin embargo, que cada vez que se ha descubierto al buen salvaje ha sido preciso bajar una tercera la melodía de las alabanzas. En materia de comportamientos ejemplares, la variedad ,Jívaro, o, Dayak, se imponía muy frecuentemente al tipo "Trobiandés". Y cuando el modelo alegraba nuestros corazones, ¿qué nos aportaba sino un poco más de nostalgia? No hay vuelta al pasado, a no ser en la irritante esterilidad de la añoranza.
El sueño de Jauja carece de esa languidez retrógrada. Gracias a una escandalosa improbabilidad, puede integrarse tanto mejor en el campo de los posibles.

En Jauja presentimos que la exuberancia de la naturaleza se ofrece a quien la solicita sin querer saquearla o violarla. Por ella pasa, como venido de lo más profundo de la historia y del individuo, el aliento de un deseo inextinguible; el deseo de una armonía con los seres y las cosas, presente con tanta sencillez en el aire de todas las épocas. El tiempo en el que las bestias hablaban, en el que los árboles eran pródigos en sabios consejos, en el que los objetos mismos se animaban se mantiene en el corazón de lo real en los niños. El perezoso descubre su fascinación enclavada en una indolencia que evoca en él confusamente la existencia prenatal, momento en el que el universo matricial, el vientre de la madre, dispensa amor, alimento y ternura. "¿Qué funestas condiciones –se pregunta- nos impiden otorgar a la naturaleza su vocación de madre abastecedora?".

Por mucho que la racionalidad lucrativa del trabajo considere la cuestión nula y sin valor, el perezoso sabe que en la feliz disposición que lo protege del mundo de la especulación y la tarea, tal fantasía no está desprovista de sentido y poder. Entre el medio ambiente y él, la despreocupación contemplativa basta para tejer una red de sutiles afinidades. Percibe mil presencias en la hierba, en las hojas, en una nube, un perfume, un muro, un mueble o una piedra. De repente le asalta un sentimiento de estar vinculado a la tierra por las nervaduras íntimas de la vida. Se encuentra en unidad con lo vivo, en una religio de la cual la religión, que encadena la tierra al cielo y el cuerpo a los mandamientos divinos, no es más que una inversión. Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.

Bajo la aparente languidez del sueño se despierta una conciencia a la que el martilleo cotidiano del trabajo excluye de su realidad rentable. Dicha languidez nada tiene que ver con el animismo, afectación religiosa en la que el espíritu trata de apropiarse de los elementos de la tierra como si éstos no se bastasen a sí mismos. Sencillamente, emana de una vitalidad que el cuerpo en reposo se reapropia. Para que la pereza acceda a su especifidad, no basta con que rehúse a la voluntad omnipresente del trabajo; es necesario que sea por y para sí misma. Es necesario que el cuerpo, del que constituye uno de los privilegios, se reconquiste como territorio de los deseos, a la manera en que los amantes lo perciben en el momento del amor. Lugar y momento de los deseos, así se reivindica esta pereza según el corazón, tan opuesta al la pereza del corazón, a la cual amenaza con reducirla el mercadeo social ordinario. La suavidad de los prados, la serenidad del lecho se pueblan de una multitud de anhelos concebidos por la felicidad, y que las obligaciones rechazaban, deformaban, diezmaban, travestían de significaciones mortíferas.

El país de Jauja se erige en proyecto en la intención: todo se pone al alcance de la mano de quien aprende a desear sin fin. "Haz lo que quieras" es una planta ética que no pide más que crecer y embellecerse. La crueldad de condiciones insoportables y que, sin embargo, toleramos prescribe que la abandonemos como si nos requiriese la urgencia de no ser nosotros mismos, de no pertenecernos jamás. La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar. Acabemos, pues, con la confusión que asocia a la pereza con ese reblandecimiento mental que llaman pereza de espíritu, como si el espíritu no fuese la forma alienada de la conciencia del cuerpo. La inteligencia de uno mismo que la pereza exige no es otra cosa que la inteligencia de los deseos de la que el microcosmos corporal necesita para liberarse del trabajo que le pone trabas desde hace siglos. ¡A saber lo que se desliza a
través de la multitud de anhelos y deseos que invaden al perezoso finalmente decidido a no ser más que para sí mismo!

Tal es la fuerza de los deseos cuando se encuentran –por decirlo así- en estado de libertad que les vence la ilusión de poder cambiar el mundo a su favor y sobre el terreno. La vieja magia se aparece más de lo que creemos en los repliegues de la conciencia. "Es una creencia muy antigua –escribe Campbell Bonner- que una persona, instruida en los medios de obrar, pueda poner en marcha fuerzas misteriosas, capaces de influir en la voluntad del otro y de someter sus emociones a los deseos del operador. Tales fuerzas pueden ser activadas mediante palabras, mediante ceremonias realizadas conforme a las reglas o bien mediante objetos investidos de un poder reconocido como mágico". Y Jacob Böhme, más sutilmente: "La magia es la madre del ser de todos los seres puesto que se hace a sí misma y puesto que consiste en el deseo. La auténtica magia no es un ser; es el deseo, el espíritu del ser". (Erklärung von sechs Punkten).

El siglo XIII conservó el trazo de esta "pereza que mueve molinos" y que evoca Georges Schéhadé . En esa época hay, en efecto, una secta que sostiene: "No es necesario trabajar jamás con las propias manos, sino rezar sin cesar; y si los hombres rezan de tal suerte, la tierra proveerá sin cultivo más frutos que si hubiese sido cultivada" (Citado por H. Grundmann, Religiöse Bewegungen in Mittelalter,Hildesheim, 1961). Y si la operación no dejó en la historia una prueba tangible de su eficacia, es conveniente no incriminar tanto la incompetencia del Dios al cual los orantes se dirigían o cierto modo vicioso de proceder cuanto el recurso a la oración, pues hacerse dependientes de los otros para acceder a una independencia ardientemente deseada es ir contra la propia voluntad y tener en poca consideración las propias aspiraciones. El universo abunda en trampas de este género. Se mezclan en él demasiadas sujeciones, interdictos, represiones y automatismos, como para dispensarnos de la mayor vigilancia.

Es conocido el apólogo indio. Un hombre se había acostado a la sombra de un árbol famoso por su poder mágico. El suelo se le antojaba poco mullido, deseaba tenderse más voluptuosamente, y una suntuosa cama se le apareció. Enseguida le entraron ganas de un copioso almuerzo, y surgió una mesa equipada con los platos más exquisitos. "Mi felicidad sería completa –soñaba- si tuviese a mi lado a un joven graciosa y lista para colmar mis deseos". De improviso llegó la joven y dio respuesta a su amor. Poco habituado, sin embargo, a semejante constancia en la felicidad, no pudo evitar un miedo infundado. Temeroso de perder en un instante una fortuna tan perfecta, imaginó que un tigre salía del bosque. Brotó el tigre y le partió la nuca. Un deseo puede contener otro de sentido contrario. Es asunto de la pereza aprender que no debe temer nada, sobre todo de ella misma. Cuántos esfuerzos para pertenecerse sin reservas. Y no es que sean precisos grandes rodeos para ello, sino que lo más sencillo no se entrega dócilmente a los espíritus atormentados. La infancia del arte no se alcanza más que a través del arte de convertirse en infante.

La desnaturalización ha hecho grandes progresos, decía un perezoso saboreando Le lézard, la canción de Bruant, y su inmortal "No puedo trabajar, nunca
aprendí". Y añadía: se nos ha puesto en tal disposición para trabajar, que no hacer nada exige hoy en día todo un aprendizaje. En una época en la que crece el desempleo, la enseñanza de la pereza resultaría seductora si no fuera porque es cosa de cada uno cultivar sin la asistencia de los otros una ciencia así de delicada, particular y personal. Nadie puede asegurarse su felicidad (y aún más fácilmente, su desgracia), salvo uno mismo. Pasa con los deseos como con la materia prima de la que el alquimista trata de extraer la piedra filosofal. Constituyen su propio fondo y no se puede extraer de ellos más que lo que allí se encuentra. En consecuencia, todo es cuestión de refinamiento. La pereza en estado bruto es como una nuez que nos comiésemos sin pelar. Por más que la hayamos escogido libre de las corrupciones ordinarias del trabajo, de la culpabilidad, de la liberación y de la servidumbre, aún falta degustarla para obtener todo el placer: devolverla al movimiento natural que la hará ser lo que es, un momento del goce de uno mismo, una creación, en suma. El hábito de los placeres laboriosos, sombreados –más que subrayados- por lo efímero y hurtados a toda prisa, nos ha despojado de la experiencia del esfuerzo y de la gracia. Los placeres, en lo que tienen de auténticos, no son ni el fruto de un capricho del azar o de los dioses, ni la recompensa de un trabajo del que no serían más que la respiración jadeante. Se dan tal como los cogemos. La alegría de la que nos llenan es la alegría con la que los abordamos.

Tal vez sea ésta la Gran Obra cuya búsqueda paciente y apasionada el alquimista emprendía cada día: una obstinación del deseo en despojarse de lo que lo corrompe, en refinarse sin cesar hasta alcanzar esa gracia que transmuta en oro vivificante el plomo de la miseria, de la muerte y del tedio. Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.

venerdì 30 dicembre 2011

[Raoul Vaneigem] Aviso a los civilizados respecto a la autogestión generalizada


“No sacrifiquéis la felicidad de hoy a la felicidad futura. Disfrutad del momento, evitad toda unión de matrimonio o de interés que no satisfaga vuestras pasiones desde el mismo instante. ¿Por qué ibais a luchar por la felicidad futura, si ella sobrepasará vuestros deseos, y no tendréis en el orden combinado más que un solo displacer, el de no poder doblar la longitud de los días, a fin de dar abasto al inmenso círculo de goces que deberéis recorrer?”. Charles Fourier. Aviso a los Civilizados respecto a la próxima Metamorfosis Social.
1
En su forma inacabada, el movimiento de las ocupaciones ha vulgarizado de modo confuso la necesidad de una superación. La inminencia de un cambio total, sentido por todos, debe revelar ahora su práctica: el paso a la autogestión generalizada mediante la instauración de los consejos obreros. La línea de llegada, cuya consciencia ha llevado el impulso revolucionario, en adelante va a convertirse en la línea de salida.
2
La historia responde hoy a la cuestión planteada por Lloyd George a los trabajadores, y repetida a coro por los servidores del viejo mundo: “queréis destruir nuestra organización social, ¿qué pondréis en su lugar? Sabemos la respuesta gracias a la profusión de pequeños Lloyd George, que defienden la dictadura estatista de un proletariado a su gusto, y esperan que la clase obrera se organice en consejos para disolverla y elegir otra distinta a ella.
3
Cada vez que el proletariado se arriesga a cambiar el mundo, reencuentra la memoria global de la historia. La instauración de una sociedad de consejos -hasta ahora confundida con la historia de su aplastamiento en distintas épocas- desvela la realidad de sus posibilidades pasadas a través de la posibilidad de su realización inmediata. Esta evidencia la han podido ver todos los trabajadores después de que en mayo el estalinismo y sus residuos trostkistas han mostrado, por medio de su debilidad agresiva, su impotencia para aplastar un eventual movimiento de los consejos, y, por su fuerza de inercia, su capacidad para frenar aun su aparición. Sin manifestarse verdaderamente, el movimiento de los consejos se ha presentado en un arco de rigor teórico que partía de dos polos contradictorios: la lógica interna de las ocupaciones y la lógica represiva de los partidos y los sindicatos. Quienes confunden aún Lenin y el “qué hacer”, lo único que hacen es prepararse (para ir a) un cubo de basura.
4
El rechazo de toda organización que no sea la emanación directa del proletariado negándose como proletariado ha sido sentida por muchos, inseparablemente de la posibilidad al fin realizable de una vida cotidiana sin tiempo muerto. La noción de consejos obreros establece, en este sentido, el primer principio de la autogestión generalizada.
5
Mayo ha marcado una fase esencial de la larga revolución: la historia individual de millones de hombres, cada día a la busca de una vida auténtica, uniéndose al movimiento histórico del proletariado en lucha contra el conjunto de las alienaciones. Esta unidad de acción espontánea, que fue el motor pasional del movimiento de las ocupaciones, sólo puede desarrollar unitariamente su teoría y su práctica. Lo que sucedió en todos los corazones sucederá en todas las cabezas. Después de haber comprobado que “no podrían ya vivir como antes, ni siquiera un poco mejor que antes”, muchos tienden a prolongar el recuerdo de una parte de vida ejemplar, y la esperanza, vivida por un instante, de un gran posible, en una línea de fuerza a la únicamente falta, para ser revolucionaria, una mayor lucidez sobre la construcción histórica de las relaciones individuales libres, sobre la autogestión generalizada.
6
Sólo el proletariado precisa, al negarse, el proyecto de autogestión generalizada, porque lo lleva en sí objetiva y subjetivamente. Por ello las primeras precisiones vendrán de la unidad de su combate en la vida cotidiana y en el frente de la historia, así como de la conciencia de que todas las reivindicaciones son realizables de inmediato, pero sólo por él mismo. En este sentido, la importancia de una organización revolucionaria debe en adelante juzgarse por su capacidad de acelerar su desaparición en la realidad de la sociedad de los consejos.
7
Los Consejos obreros constituyen un nuevo tipo de organización social, mediante el cual el proletariado pone fin a la proletarización del conjunto de los hombres. La autogestión generalizada no es otra cosa que la totalidad según la cual los consejos inauguran un estilo de vida basado en la emancipación permanente individual y colectiva, de forma unitaria.
8
De lo que procede a lo que sigue, es evidente que el proyecto de autogestión generalizada exige tantas precisiones como deseos hay en un revolucionario, y tantos revolucionarios como personas insatisfechas hay de su vida cotidiana. La sociedad espectacular mercantil crea las condiciones represivas y -contradictoriamente, por el rechazo que suscita- la posibilidad de la subjetividad; de igual modo la formación de los consejos, parecidamente surgida de la lucha contra la opresión global, crea las condiciones de una realización permanente de la subjetividad, sin otra limitación que su propia impaciencia por hacer la historia. La autogestión generalizada se confunde así con la capacidad de los consejos para realizar históricamente lo imaginario.
9
Sin la autogestión, los consejos obreros pierden todo su significado. Es necesario tratar como futuro burócrata, por tanto al instante como enemigo, a todo aquél que hable de los consejos en tanto que organismos económicos o sociales, a todo aquél que no los sitúe en el centro de la revolución de la vida cotidiana; con la práctica que ello requiere.
10
Uno de los grandes méritos de Fourier es haber mostrado que es necesario realizar al instante -y para nosotros esto significa desde el comienzo de la insurrección generalizada- las condiciones objetivas de la emancipación individual. El comienzo del movimiento revolucionario debe marcar para todos, una elevación inmediata del placer de vivir; la entrada vivida y consciente en la totalidad.
11
La cadencia acelerada a la que el reformismo deja tras de sí deyecciona todas tan ridículas como gauchistas- la multiplicación, en el cólico tricontinental, de pequeños montones maoistas, trostkistas, guevaristas- barrunta con mal olor lo que la derecha, y en particular socialistas y estalinistas, había olido por lo bajo desde hace mucho tiempo: las reivindicaciones parciales contienen en sí la imposibilidad de un cambio global. Mejor que combatir un reformismo para ocultar otro, la tentación de volver del revés el viejo truco como piel de burócrata aparece, en muchos aspectos, como una solución final del problema de los recuperadores. Esto supone recurrir a una estrategia que desencadene al abrasamiento general a favor de momentos insurrecionales cada vez más aproximados unos de otros; y a una táctica de progresión cualitativa en la que las acciones, necesariamente parciales, contienen sin excepción, como condición necesaria y suficiente, la liquidación del mundo de la mercancía. Ha llegado la hora de comenzar el sabotaje, positivo de la sociedad espectacular-mercantil. En tanto se mantenga como táctica de masas la ley del placer inmediato, no hay motivo para inquietarse por el resultado.
12
Es fácil, únicamente para ejemplo y emulación, evocar ahora algunas posibilidades, cuya insuficiencia demostrará en seguida la práctica de los trabajadores liberados; en toda ocasión -abiertamente en la huelga más o menos clandestinamente en el trabajo- inaugurar el reino de la gratuidad ofreciendo a los amigos y a los revolucionarios productos fabricados o de almacén, fabricando objetos-regalo (emisores, juguetes, armas, armamentos, máquinas de diversos usos, organizando en los grandes almacenes distribuciones “al detalle” o “al por mayor” de mercancías. Romper las leyes del cambio e iniciar el fin del salariado, apropiándose colectivamente de los productos del trabajo, sirviéndose colectivamente de las máquinas para fines personales y revolucionarios; depreciar la función del dinero generalizando las huelgas de pagos (alquiler, impuestos, compras a plazos, transportes, etc.) impulsar la creatividad de todos poniendo en marcha, aunque sea interrumpidamente, pero bajo el solo control obrero, sectores de aprovisionamiento y de producción, y considerando la experiencia como un ejercicio necesariamente dudoso y perfectible; liquidar las jerarquías y el espíritu de sacrificio, tratando a los jefes patronales y sindicales como se merecen, rechazando el militantismo; luchar unitariamente en todas partes contra las separaciones; extraer la teoría de cualquier práctica y a la inversa, mediante la redacción de folletos, carteles, canciones, etc.
13
El proletariado ha demostrado ya que sabía responder a la complejidad opresiva de los Estado Capitalistas y “socialistas” mediante la simplicidad de la organización ejercida directamente por todos y para todos; las cuestiones de la supervivencia sólo se plantean en nuestra época con la condición previa de no ser resueltas nunca; por el contrario, los problemas de la historia a vivir se plantean claramente a través del proyecto de los consejos obreros, a la vez como positividad y como negatividad; dicho de otra manera, como elemento de base de una sociedad unitaria y pasional, y como anti-Estado.
14
Porque no ejercen ningún poder separado de la decisión de sus miembros, los consejos no toleran otro poder que el suyo. Impulsar en todas partes las manifestaciones anti-Estado no debe ser tanto confundirse con la creación anticipada de consejos, privados de tal guisa de poder absoluto sobre sus zonas de extensión, separados de la autogestión generalizada, necesariamente vacíos de contenido y propicios a atestarse de todas las ideologías. Las únicas fuerzas lúcidas que pueden hoy responder a la historia con la historia por hacer serán las organizaciones revolucionarias que desarrollen, en el proyecto de los consejos, una conciencia por igual del enemigo a combatir y de los aliados a sostener. Un aspecto importante de tal lucha se anuncia ante nuestros ojos con la aparición de un doble poder. En las fábricas, las oficinas, las calles, las casas, los cuarteles, las escuelas, se bosqueja una realidad nueva, el desprecio a los jefes, bajo cualquier nombre y actitud que adopten. Pero es necesario que este desprecio alcance su lógica desembocadura, demostrando, por la iniciativa concertada de los trabajadores, que los dirigentes no son sólo despreciables, sino que son inútiles, y que se puede, incluso desde su punto de vista, liquidarlos impunemente.
15
La historia reciente no va a tardar mucho en manifestarse, tanto en la conciencia de los dirigentes como en la de los revolucionarios, bajo la forma de una alternativa que les concierne a los unos y a los otros: la autogestión generaliza o el caos insurreccionar; la nueva sociedad de abundancia, o la disgregación social, el pillaje, el terrorismo, la represión. La lucha por el doble poder es desde ahora ya inseparable de tal elección. Nuestra coherencia exige que la parálisis y la destrucción de todas las formas de gobierno no se separe de la construcción de los consejos; la elemental prudencia del adversario debería, en buena lógica, convenir que una organización de nuevas relaciones cotidianas viniese a impedir la extensión de lo que un especialista de la policía americana llama ya “nuestra pesadilla”, pequeños comandos de insurgentes que surgen de las bocas del metro, que disparan desde los tejados, que utilizan la movilidad y los infinitos recursos de la guerrilla urbana para abatir policías, liquidar a los servidores de la autoridad, provocar motines y destruir la economía. Pero no es tarea nuestra salvar a los dirigentes a su pesar. Nos basta con preparar los consejos y asegurar su autodefensa por todos los medios. Lope de Vega muestra, en una de sus piezas, cómo los villanos, cansados de las exacciones de un funcionario real, le matan y responden todos a los jueces encargados de descubrir al culpable, con el nombre de la villa “Fuenteovejuna”. La táctica “Fuenteovejuna”, que muchos mineros asturianos utilizan frente a los ingenieros poco sensatos, tiene el defecto de emparentarse demasiado con el terrorismo y con la tradición del linchamiento.
La autogestión generalizada será nuestra “Fuenteovejuna”. No es suficiente con que una acción colectiva desaliente la represión (piénsese la impotencia de las fuerzas del orden si, durante las ocupaciones, los empleados de una banca hubiesen dilapidado los fondos), es preciso además que anime, en el mismo movimiento el progreso hacia una mayor coherencia revolucionaria. Los consejos son el orden frente a la descomposición del Estado, contestado en su forma por el ascenso de los nacionalismos regionales, y en su base por las reivindicaciones sociales. A los problemas que se plantean, la policía sólo puede responder calculando el número de sus muertos. Sólo los consejos obreros aportan una respuesta definitiva. ¿Qué evita el pillaje? La organización de la distribución y el fin de la mercancía. ¿Qué evita e impide el sabotaje de la producción? La apropiación de las máquinas por la creatividad colectiva. ¿Qué evita las explosiones de cólera y de violencia? El fin del proletarismo mediante la construcción colectiva de la vida cotidiana. No hay otra justificación para nuestra lucha más que la satisfacción inmediata de este proyecto; más que lo que nos satisface inmediatamente.
16
La autogestión generalizada sólo cuenta, para sostenerse, más que con el de la libertad vivida por todos. Sobra con ello para inferir desde ahora el rigor previo a su elaboración. Este tipo de rigor debe caracterizar por tanto a partir de ahora a las organizaciones revolucionarias consejistas; y a la inversa, su práctica contendrá ya la experiencia de la democracia directa. Esto va a permitir acercarse lo más posible a ciertas fórmulas. Así, un principio como “la asamblea general es la única soberana”.
Significa también que lo que escapa al control directo de la asamblea autónoma resucita en mediaciones todas las variedades autónomas de opresión. A través de sus representantes, es la asamblea toda, con sus tendencias, la que debe estar presente a la hora de decidir. Si bien la destrucción del Estado impide esencialmente que se repita la burla del Soviet Supremo, es necesario además que la simplicidad de organización garantice la imposibilidad de aparición de una burocracia. Ya que, precisamente, la riqueza de las técnicas de comunicación, pretexto para el mantenimiento o el retorno de los especialistas, permite el control permanente de los delegados por la base, la confirmación, la corrección o la desaprobación inmediatas de sus decisiones a todos los niveles. Télex, ordenadores, televisiones, pertenecen por tanto sin que se puedan ceder, a las asambleas de base. Realizan su ubicuidad. En la composición de un consejo -se distinguirá, sin duda, consejos locales, urbanos, regionales, internacionales- lo correcto será que la asamblea pueda elegir y controlar una sección de equipamiento destinada a recoger las demandas de suministros, a levantar las posibilidades de producción, a coordinar estos dos sectores: una sección de información, encargada de mantener una relación constante con la vida de los otros consejos; una sección de coordinación a la que incumba, en la misma medida que las necesidades de la lucha lo permitan, enriquecer las relaciones intersubjetivas, radicalizar el proyecto fourerista, encargarse de las demandas de satisfacción pasional, equipar los deseos individuales, ofrecer lo necesario para los experimentos y aventuras, armonizar las disponibilidades lúdicas de la organización de los trabajos obligatorios y gratuitos (servicios de limpieza, cuidado de los niños, educación, concursos de cocina, etc.); una sección de autodefensa. Cada sección es responsable ante la asamblea plenaria los delegados, revocables y sometidos al principio de rotación vertical y nominal, se reúnen y presentan regularmente su informe.
17
Al sistema lógico de la mercancía, que mantiene la práctica alienada, debe responder, con la práctica inmediata que implica, la lógica social de los deseos. Las primeras medidas revolucionarias se dirigirían por fuerza a la disminución de las horas de trabajo y a la reducción lo más amplia del trabajo-servidumbre. Los consejos obreros se preocuparan por distinguir entre sectores prioritarios (alimentación, transportes, telecomunicaciones, metalurgia, construcciones, vestido, electrónica, artes gráficas, armamento, medicina, confort, y en general el equipamiento material necesario para la transformación permanente de las condiciones históricas), sectores de reconversión, considerados por los trabajadores afectados como trastocables en provecho de los revolucionanos, y sectores parasitarios, cuya supresión pura y simple hayan decidido sus asambleas. Evidentemente, los trabajadores de los sectores eliminados (administración, oficinas, industrias del espectáculo y de la mercancía pura) preferirán a las 8 horas diarias de presencia en su lugar de trabajo las 3 ó 4 horas por semana de un trabajo libremente elegido por ellos entre los sectores prioritarios. Los consejos experimentarán formas atractivas de faenas obligatorias y gratuitas, no para disimular su carácter penoso sino para compensarlo mediante una organización lúdica y, posible, para eliminarlos en provecho de la creatividad (según el principio “trabajo no, goce sí”). A medida que la transformación del mundo se identifique con la construcción de la vida, el trabajo necesario desaparecerá en el placer de la historia para sí.
18
Afirmar que la organización consejista de la distribución y de la producción evita el pillaje y la destrucción de las máquinas y de los stocks, equivale a seguir situándose en la única perspectiva anti-Estado. Lo que lo negativo conserva ahora de separaciones, los consejos, como organización de la nueva sociedad, conseguirán mediante una política colectiva de los deseos. El fin del asalariado es realizable inmediatamente, desde la instauración de los consejos, desde el preciso instante en que la sección “equipamiento y aprovisionamiento” de cada consejo organice la producción y la distribución en función de los deseos de la asamblea plenaria. Entonces es cuando, como homenaje a la mejor predicción bolchevique, se podrá llamar “lenines” a los urinarios de oro y plata macizos.
19
La autogestión generalizada supone la extensión de los consejos. Al principio, se harán cargo de las zonas de trabajo los trabajadores afectados, agrupados en consejos. A fin de quitar a los primeros consejos su aspecto corporativo, los trabajadores los abrirán, tan rápido como sea posible, a sus compañeras, a las gentes del barrio, a los voluntarios llegados de sectores parasitarios, de manera que tomen en seguida la forma de consejos locales, de fragmentos de la Comuna (en unidades poco más o menos equivalentes numéricamente, de 8 a 10.000 personas).
20
La extensión interna de los consejos debe ir pareja con su extensión geográfica. Es necesario cuidar la total radicalidad de las zonas liberadas, sin la ilusión de Fourier sobre el carácter atractivo de las primeras comunas, pero sin subestimar tampoco la parte de seducción que comporta, una vez desembarazada de la mentira, toda experiencia de emancipación auténtica. La autodefensa de los consejos ilustra de este modo la fórmula: “la verdad en armas es revolucionaria”.
21
La autogestión generalizada poseerá un día próximo su código de posibles, destinado a liquidar la legislación represiva y su dominio milenario. Tal vez surja incluso en el doble poder, antes de que sean suprimidos los aparatos jurídicos y las carrozas de la penalidad. Los nuevos derechos del hombre (derecho para cada uno de vivir a su aire, de construir su casa, de participar en todas las asambleas, de armarse, de vivir como un nómada, de publicar lo que piensa, -a cada uno su periódico mural-, de amar sin reservas; derecho al encuentro, derecho al equipamiento material necesario para la realización de sus deseos, derecho de creatividad, derecho de conquista sobre la naturaleza, fin del tiempo-mercancía, fin de la historia en sí, realización del arte y de lo imaginario, etc.) esperan sus anti-legisladores.

mercoledì 28 dicembre 2011

Abolire le prigioni di Raoul Vaneigem


Il regno odioso delle prigioni non finirà senza che ciascuno impari a non imprigionarsi più in un comportamento economizzato dai riflessi del profitto e dello scambio.

Meno l'animalità si ingabbierà nella rigidità del carattere, arrabbiandosi per frustrazioni perpetue, più aprirà le porte del godimento a progressivi affinamenti, e più apparirà a tutti l'orrore di rinchiudere in cella dei condannati che vi languiscono non per i loro misfatti, ma perché esorcizzano i demoni che le persone "oneste" imprigionano in loro.

I progressi che l'umanesimo auspica fanno rabbrividire. Se le prigioni spariranno senza che il godimento sia restaurato nei suoi diritti, esse cederanno soltanto il posto ad istituzioni psichiatriche ariose, in accordo con le terapie che anestetizzano nei condannati al lavoro quotidiano la violenza delle frustrazioni.

Non è forse giunto il tempo di stabilirsi talmente nell'amore di sé che, arrivando ad augurarsi dal fondo del cuore molta felicità, ci si affezioni agli altri per la felicità stessa che tocca loro in sorte, amandoli per il favore di amare che dispensano a se stessi?

Non sopporto di essere abbordato per il ruolo, la funzione, il carattere, l'istantanea che mi fissa e mi imprigiona in ciò che non sono. Quale incontro sperare in un luogo in cui l'obbligo di essere in rappresentazione impedisce sempre che io esista?

Mi importa soltanto la presenza del vivente, in cui convergono tutte le libertà che nessun giudizio ha il potere di arrestare.

http://mondosenzagalere.blogspot.com/search/label/Carcere%20e%20repressione?updated-max=2010-01-12T20:26:00%2B01:00&max-results=20

giovedì 22 dicembre 2011

Abolire le prigioni di Raoul Vaneigem


Il regno odioso delle prigioni non finirà senza che ciascuno impari a non imprigionarsi più in un comportamento economizzato dai riflessi del profitto e dello scambio.

Meno l'animalità si ingabbierà nella rigidità del carattere, arrabbiandosi per frustrazioni perpetue, più aprirà le porte del godimento a progressivi affinamenti, e più apparirà a tutti l'orrore di rinchiudere in cella dei condannati che vi languiscono non per i loro misfatti, ma perché esorcizzano i demoni che le persone "oneste" imprigionano in loro.

I progressi che l'umanesimo auspica fanno rabbrividire. Se le prigioni spariranno senza che il godimento sia restaurato nei suoi diritti, esse cederanno soltanto il posto ad istituzioni psichiatriche ariose, in accordo con le terapie che anestetizzano nei condannati al lavoro quotidiano la violenza delle frustrazioni.

Non è forse giunto il tempo di stabilirsi talmente nell'amore di sé che, arrivando ad augurarsi dal fondo del cuore molta felicità, ci si affezioni agli altri per la felicità stessa che tocca loro in sorte, amandoli per il favore di amare che dispensano a se stessi?

Non sopporto di essere abbordato per il ruolo, la funzione, il carattere, l'istantanea che mi fissa e mi imprigiona in ciò che non sono. Quale incontro sperare in un luogo in cui l'obbligo di essere in rappresentazione impedisce sempre che io esista?

Mi importa soltanto la presenza del vivente, in cui convergono tutte le libertà che nessun giudizio ha il potere di arrestare.

http://mondosenzagalere.blogspot.com/search/label/Carcere%20e%20repressione?updated-max=2010-01-12T20:26:00%2B01:00&max-results=20

Raoul Vaneigem A Communique from a Partisan of Individual and Collective Autonomy


Considering that the habitants of Oaxaca have the right to live their lives as they wish, in the city and the region that belong to them.
Considering that they have been victims of a brutal aggression from the police, the military, and the death squads at the pay of a governor and a corrupt government, both which are not recognized by the people anymore.
Considering that the right to live of Oaxaca’s habitants is a legitimate right, and the illegitimacy is in the actions of the forces of occupation and repression.
Considering that the massive and pacific resistance of the people of Oaxaca vindicates their resolution of not yielding to the threats, the fear, and the oppression, and also proves their willingness to not counter the violence of the police and the paramilitary murderers with a violence that would justify the work of suffering and death accomplished by the enemies of life.
Considering that the struggle of the people of Oaxaca is the struggle of millions of beings who vindicate the right to live like humans and not like dogs in a world where all the forms of life are threatened by financial interests, the law of profit, the business mafias, the transformation into commodities of natural resources, the water, the earth, the flora and fauna, the woman, the child and the man, all enslaved, in their bodies and their conscience.
Considering that the global struggle executed in the name of life and against the totalitarian affairs of commodities is what can prevent the people of Oaxaca from yielding to the hopelessness that always serves faithfully power because it paralyzes thought, seizes our self-confidence, and blocks our ability to imagine and to create new solutions and new forms of struggle.
Considering that the international solidarity satisfies itself much of the time by emotional bullshit, by humanitarian speeches and empty declarations, where only the self-complacency of the orator is the object of satisfaction.
I desire that practical aid would be delivered to the popular assemblies of Oaxaca with the objective of transforming that that still isn’t a commune into one. The struggle in Oaxaca is situated in the line of continuity of the Paris Commune and the collectives of Andalusia, Catalonia, and Aragon — collectives created during the Spanish revolution of 1936-1938, in which the experience of self-management established the bases for a new society.
For that objective, I make a call to the creativity of everyone in order to address the questions that, without prejudging their pertinence or their relevance, should appear, with or without reason, in the constitution of a government of the people for the people — of a direct democracy in which individual vindications would be considered, examined from the angle of a possible harmonization and blessed with a collective recognition that would permit its satisfaction.
If it is possible and desirable that the parents of the victims of the repression and the occupation of the police make a demand against the government and the responsible instances of the murders and the violence, how guarantee such parents international support?
How to prevent the imprisonments, the action of paramilitaries, and the reconquering of the region by the bloody hands of the corrupts?
Beyond the indignation caused by the savagery of the state and the police, how should we aid the people of Oaxaca so that they materialize the aspiration that they relentlessly express: we do not want to be the victims of any violence?
How should we act so that no oppression should be exerted over the right to live of the individuals and the collectives attached to the defense of such universal right?
What support can be contributed by the international solidarity to the civil resistance of Oaxaca in such a way that this civil resistance could bring the legitimacy of governing themselves through direct democracy to the people?
And in a more longer term perspective:
And if they wish so, how can we aid the commune of Oaxaca in the organization of the supplying of food, and goods of individual and collective utility?
How can we help the popular assemblies so that they themselves, without the intervention of Power, accomplish the self-management of transportation, sanitary services, the industry of water, electricity, etc?
What international contribution can be made to the project of “alternative education” that, after the long teachers’ strike, has become feasible in Oaxaca?
Is there a scientific association that could facilitate the development of natural energy and non-pollutants in the region of Oaxaca? The objective would have two parts. One part is to prevent that this energy be implanted in an authoritarian fashion in the benefit of the State and the multinational conglomerates, like how it has happened in the Isthmus. The other part is to remember that the preoccupation of energy and the environment is nonsensical to us if it doesn’t has a relationship to self-management, because only self-managed industries would be able to be at the service of self-managed , autonomous communities. Self-managed natural, clean energy not only makes it possible for such energy to become independent of the technological and petroleum mafias, but also their renewable characteristics makes it possible — after paying for the costs of the investment — to make it gradually cost-free. A cost-free energy implies cost-free transportation, medical services, education, and, an absolute weapon against commodity tyranny, guaranteed human richness.
Each time a revolution has dismissed as their main objective to enrich the everyday life of everyone, it has armed the repression.
Notes: (La Jornada, 11 November 2006)
Translation by Amir Ouyed
(bored situationist teenager somewhere in northern Mexico)
November 21, 2006
Source: Retrieved on November 28, 2011 from http://www.lust-for-life.org/Lust-For-Life/CommuniqueFromAPartisan/CommuniqueFromAPartisan.htm